Primo Levi: testimonio y salvación

“Belleza de las cenizas, como resto
sacro del mundo. Como si las cenizas
permitieran intuir cada forma destruida.”
Elías Canetti (2019, p. 112)

La emancipación del testimonio

Nadie esperaba que Primo Levi se suicidara un 11 de abril de 1987. Había retornado a su país junto a los suyos tras el horror de la guerra. Luego de dos años de encierro en los campos, y de haber conocido la bajeza y ruindad más profunda del ser humano, como un último acto de esperanza escribe sus testimonios de la guerra, así como recoge testimonios de otros que sobrevivieron y no sobrevivieron.

De 1945 a 1987 escribe toda su obra literaria. ¿Cómo pensar que un químico, tras la consternación de la guerra, se vuelque por completo en la escritura? Pocos vuelven con vida del infierno, Levi sobrevivió al genocidio y quedó con su humanidad maltratada y humillada para hacer de la escritura testimonial su patria, como acto de salvación para no sucumbir; sin embargo, el fantasma siempre estuvo ahí y tras cuarenta y dos años de resistencia y de un arduo trabajo literario, opta por el suicidio. Dice Camus que “a su manera, el suicidio resuelve lo absurdo. Lo arrastra a la misma muerte. Pero yo sé que, para mantenerse, lo absurdo no puede resolverse.” (2021, p. 61). Es entonces cuando el suicidio aparece como una respuesta sensata ante el peso de la conciencia, el despertar y el restablecimiento del horror.

Hay autores que han hecho de la escritura un mecanismo de salvación que responde al acto de nombrar aquello que tiene necesidad de verdad. Se trata de dar voz a los oprimidos, a los que han sido injustamente silenciados, a lo padecido en carne propia y que deja impregnados los poros de la memoria. El testimonio, en la tradición literaria, ha significado un arte para darle redención a la memoria, para recuperar la humanidad maltratada, o al menos, dotar de dignidad a aquello que ha sido maltrecho y situarlo en la historia.

El caso de Primo Levi, cuyo testimonio estuvo lejos de ser un victimismo blando, dejó plasmada en la escritura la lucha templada del que sobrevive, a pesar de las circunstancias. Sus narraciones, fieles a la verdad, quedaron veladas en sus novelas, escritas con experticia y elegancia, narraciones que nunca hicieron del testimonio objeto del fetiche de la miseria, que es quizás la peor manera de revictimización.

Sin duda, toda víctima debe ser comprendida, pero no se le debe adjudicar un papel lastimero. Quizás sobrevivir no sea en sí un mérito, cuando las circunstancias debilitan el cuerpo y humillan el espíritu, pero es un trabajo que hay que honrar por la templanza que exige. En ocasiones muy restringidas, el hecho de perecer es asunto de los fuertes. Primo Levi destaca en Los hundidos y los salvados (2015) que el hecho de haber sobrevivido no significaba per se, un asunto de mayor dignidad frente a los que perecieron, antes bien, el hecho de sobrevivir a los campos era signo de cierto privilegio. Sobrevivieron quienes podían servir a los nazis, mediante la ciencia o haciendo de sí mismos verdugos al servicio de la causa. El caso de Levi fue uno de estos, debido a su profesión de químico pudo contribuir como enfermero y mantenerse a salvo de las cámaras de gas. Dice Levi en Los hundidos y los salvados:

Los hundidos, aunque hubiesen tenido papel y pluma no hubieran escrito su testimonio porque su verdadera muerte había empezado ya antes de la muerte corporal. Semanas y meses antes de extinguirse habían perdido ya el poder de observar, de recordar, de reflexionar y de expresarse. Nosotros hablamos por ellos, por delegación. No podré decir si lo hemos hecho, o lo hacemos, por una especie de obligación moral hacia los que han enmudecido, o por librarnos de su recuerdo, pero lo cierto es que lo hacemos movidos por firme y persistente impulso. (2015, p. 542)

El testimonio, entonces, cumple la función de dar voz a los silenciados, a aquellos que presenciaron los horrores del otro y del propio cuerpo humillado. Ante tal grado de impunidad la res cogitans[1] siente vergüenza, es la vergüenza que menciona Levi también en La tregua (1963), lo que acontece moralmente al salir de la guerra y ver a su alrededor seres humanos maltrechos, oprimidos, silenciados y hambrientos; en tal escenario el ser pensante camina con una timidez confusa: la respuesta más sensata está en el silencio. Para los sobrevivientes de los campos era irrevocable el cansancio moral y físico, ni siquiera el gozo de la liberación puede procurar paz al desgraciado, solo le acompaña la escasez y la enfermedad. El dolor por la pérdida de los seres queridos y por haber presenciado la muerte de millones de seres humanos solo podía dejar a los sobrevivientes con una profunda culpa. ¿Por qué yo he sobrevivido y no el otro? ¿es más fuerte el que sobrevivió a los campos o es, precisamente, más débil por haber sobrevivido al horror? Quizás, los más fuertes hayan sido precisamente los que murieron, porque estaban frente a condiciones mucho más horrorosas que los que lograron sobrevivir, muchos de ellos mediante la colaboración con el enemigo. Es esta sensación la que Levi confiesa en La tregua, la vergüenza tácita del sobreviviente:

Como si hubiese caído un dique, precisamente en aquel momento en que todas las amenazas parecían desaparecer, en que la esperanza de un retorno a la vida dejaba de ser una locura, me sentía vencido por un dolor nuevo, más vasto, antes sepultado y relegado fuera de los límites de la conciencia por otros dolores más urgentes: era el dolor del exilio, de la casa lejana, de la soledad, de los amigos perdidos, de la juventud perdida, y de la multitud de cadáveres que había a mi alrededor. (Ibíd, p. 257)

Después de la masacre padecida en cuerpo y alma, las primeras señales de “libertad” tras la liberación no prometían en realidad una felicidad muy profunda, lo que quedaba era lo más duro: aprender a sobrevivir a un duelo, aprender a convivir con las pesadillas de los recuerdos y obedecer a la necesidad de escritura para depurar tanto dolor, en un intento por reconfigurar la vida, ya maltrecha.

Se trataba de una tarea de ardua templanza. Parece inimaginable comprender cómo un ser humano puede ser tan fuerte de alma, como si dentro de sí tuviera un estoicismo profundo ante la vida, una actitud de templanza incluso en las condiciones más miserables. Es la auténtica resistencia. Ahora bien, ¿cómo se gana sentido en medio de la desgracia y cómo mantenerlo en el tiempo?

La experiencia del dolor nos recuerda la búsqueda por el sentido.

Yad Vashem Street, Be’er Sheva, Israel
Fotografía por Eelco Böhtlingk
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Auschwitz, Poland
Fotografía por Karsten Winegeart
SONY, ILCE-7S
Uso gratuito bajo la Licencia Unsplash

La salvación por la palabra

La belleza del testimonio pasa por la comprensión del propio desgarramiento y nace en el momento en que se buscan los medios para darle justicia.

Es menester que el amante de la verdad conserve intacta la capacidad de asombro y que esté en atención a la poética del mundo, a pesar de sus circunstancias. Por ello, para el artista o el escritor hay una belleza intrínseca en las cosas. La tarea del escritor que depura su dolor mediante la palabra es un acto de esperanza pues permite recuperar la admiración del decir, el ser en su totalidad o el decir en la voz del alma.

El testimonio que encuentra su decir representa un acto de justicia y de verdad, ahí radica la relación del lenguaje testimonial con la belleza, pues es la delicadeza de la palabra que nombra y que acontece libre, sin distinciones ni método.

La belleza es una forma genuina de la verdad que necesita ser dicha, pues nombra la franqueza de lo sucedido y de lo que, fragmentado, puede resarcirse; se trata de recuperar la palabra.  Afirma Levi en Los hundidos y los salvados:

 Al cabo de los años se puede afirmar hoy que la historia de los Lager ha sido escrita casi exclusivamente por quienes, como yo, no han llegado hasta el fondo. Quien lo ha hecho no ha vuelto, o su capacidad de observación estuvo paralizada por el sufrimiento y la incomprensión. (Ibíd. p. 481)

Se comprende que el relato de los campos corresponde solo a unos cuantos, sin embargo, en esos pocos ya hay actos de belleza. Lo que testimonia Primo Levi, por estar emparentado con la necesidad de verdad, es en sí mismo un acto de fe.

El lugar donde el dolor se agudiza mucho más es precisamente la carne. Por ello, la palabra es, esencialmente, desgarradora. Los testimonios de Levi no alcanzan a llegar hasta la última palabra, pero buscaron ser fieles a los hechos, con precisión y estilo. No es fácil dar a entender con palabras hechos humillantes, e incluso algunos asuntos disuelven las palabras, en medio de su visceralidad. A veces, las palabras no alcanzan, es entonces donde la literatura debe pulir lo que se dice, pues la recuperación del recuerdo nunca logrará abarcar lo que fue vivido. La palabra, aunque nombra, no es tan desgarradora como la vivencia del momento de dolor, pero es importante dejarla ser, porque mediante la palabra habla la belleza y la necesidad de contarle al mundo, para hacer justicia por los que fueron silenciados.

Levi testimonia con lucidez, pero deja claro que, ante todo, su escritura es un acto de caridad por los que fueron silenciados.

La palabra, que es el medio de la fragilidad, se desnuda para desbordarse en el testimonio. El lenguaje mismo tiene deberes con la memoria, él toca lo inenarrable donde la desgracia reduce a la nada a cada quien. Es la responsabilidad de las palabras, ¿pueden ellas con tanta ignominia vivida? También se debe tener cuidado con el lenguaje, para no vilipendiarlo.

A las palabras hay que llevarlas a la comprensión de lo peor, para que nos den aliento. Ellas rompen el silencio, tocan el infierno y nos devuelven con vida. En sí mismas son inteligentes y por ello, pueden salvarnos.

El drama de las palabras es el drama de volver con vida.

 

Referencias

Camus, A. El mito de Sísifo. Barcelona: Penguin Random House, 2021.

Canetti, E. El libro contra la muerte. Barcelona: Penguin Random House, 2019.

Levi, P. Trilogía de Auschwitz. Barcelona: Ariel, 2015.

Pie de página: 

[1] De acuerdo al dualismo Cartesiano res cogitans apela a la sustancia mental, o la conciencia de los sujetos pensantes.

¿Cómo referenciar?
García Agudelo, Adriana Patricia. “Primo Levi: testimonio y salvaciónRevista Horizonte Independiente (Columna Literaria). Ed. Nicolás Orozco M., 24 sept. 2023. Web. FECHA DEACCESO. 

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