Autor: Romina Albanesi
al que sabe ser mi padre a pesar de su angustia
tengo dos memorias.
una no es mía,
es de mi padre.
esa memoria
me duele incluso más
que la propia.
con la mía,
recuerdo:
siempre algo se queda
afuera de nuestro abrazo.
El hambre de unos cuerpos
Pero el dolor es un animal con hambre propia. No se deja matar. Se instala en la piel. Se funde. Se apodera de todos los cuerpos. Los cuerpos que lloran, los cuerpos que duermen, los cuerpos que se desvelan, los cuerpos que no tienen una lágrima.
Cada día te escribiría un homenaje
tu magia fue el primer pájaro
del mundo
ya que cuando naciste
con tu don de ser distinta
la naturaleza decidió
mudarse a tu alma
Después del adiós, lo que queda es incendio
nuestro amor
una candela en lo oscuro de la habitación
el desborde de un cuerpo en el otro
el tiempo como obsequio
el tacto de los ojos
Sólo a mares puedo quererte
hoy tengo en mis manos
un suave deseo:
que nuestra amistad sea
un camino interminable,
un buzón lleno de versos
un abrazo sin cuerpos.
también tengo
unas cuantas palabras
para enviarte.
Un libro para habitar Casas
¿En quién piensa una chica tímida y solitaria cuando le preguntan por su autor favorito? Tal vez en alguien que no solo escribe, sino que revela. Alguien que escribe como si eso le ayudara a entenderse a sí mismo y al mundo, como si descifrara la existencia. Un hombre poeta que siempre encuentra en las palabras algo más que significados. Y no solo en el poeta, sino en la persona cuya genialidad no termina en el verso, sino que se funde con la vida hasta que no queda claro dónde empieza el hombre y dónde su obra.
Todo lo que rompen las pausas
era la noche más oscura del año
una luz había quebrado a la mitad el tiempo
el silencio pronunciaba alguna cosa
buscaba un lugar para quedarse cerca

