Volveremos y seremos millones: insubordinados contra el poder y el olvido
Columnista RHI
Vol. VI Colección C1-C10

Desde el siglo XVI, el proyecto colonial europeo impuso en América Latina una matriz de dominación política, económica, cultural y epistémica que aún hoy estructura las desigualdades del continente. Las independencias del siglo XIX, lejos de desmantelar ese orden, muchas veces lo reformularon bajo nuevas formas de exclusión. Nuestras repúblicas nacieron olvidando a los pueblos que las hicieron posibles.
En los bronces de la historia oficial quedaron los ilustrados, los dueños de tierras, los militares de uniforme reluciente. Afuera quedaron los mestizos, los indios, los gauchos, los pobres. Y con ellos, sus líderes. La historia escrita por las élites blanqueó la memoria, redujo la insurgencia a anécdota y diseñó un panteón útil para el poder. Pero hay nombres que resisten ese silencio, rebeldes que no caben en los mármoles del relato escolar. Nombres que no son pasado, sino horizonte. Túpac Katari, Martín Miguel de Güemes y Jorge Eliécer Gaitán.
No es un casual descuido que se los recuerde apenas, o que se los haya revalorizado de forma muy reciente. Los tres compartieron una condición: se enfrentaron al poder imperial y al orden interno que respondía a sus intereses. Desafiaron al poder colonial, a las oligarquías republicanas, a los ejércitos, a los dueños de la historia. Lo pagaron con el cuerpo, pero sus ideas no murieron. Y hoy, cuando el continente vuelve a ser disputado entre la sumisión y la dignidad, volver a ellos es un acto de memoria activa, una rebeldía necesaria.
Túpac Katari: el cuerpo descuartizado que se volvió territorio rebelde
A Julián Apaza, más conocido como Túpac Katari, lo mataron como escarmiento. Lo ataron de brazos y piernas a caballos que lo descuartizaron en las calles de La Paz. Querían que su muerte fuera pedagógica, pero fallaron porque Katari no fue un mártir: fue una semilla. Su rebelión no fue un brote aislado, sino parte de una insurgencia continental indígena que soñaba con derribar el colonialismo y recuperar la dignidad robada a los pueblos originarios.
Katari no pidió reformas. Exigió descolonización. No hablaba en nombre de la Corona ni del “progreso”, sino de la tierra, de la comunidad, de los siglos de explotación. Cercó La Paz con un ejército indígena organizado, disciplinado, con horizonte político. Quería recuperar el tiempo histórico para los suyos y aunque lo asesinaron con saña, su palabra quedó: “Volveré y seré millones”. No era una metáfora, era un aviso.
Como advierte Huascar Salazar, los pueblos indígenas campesinos de Bolivia han sido una clase forjada desde la etnicidad, con una memoria larga de lucha y acumulación. No piden permiso para existir: irrumpen para redibujar el mapa del poder y el sentido mismo de lo nacional. Y así Katari volvió, en las rebeliones del siglo XX, en la Guerra del Agua, en las marchas por el territorio, en cada “no pasarán” que se alza contra el extractivismo. No como ícono, sino como horizonte.
Unos cuarenta años después de la ejecución de Katari, en otro rincón del sur andino, nacía Martín Miguel de Güemes. Criollo terrateniente del norte argentino, pero también gaucho, mestizo, montonero. Si Katari fue cuerpo colectivo, Güemes fue territorio organizado. Hablaba con los campesinos, cabalgaba entre cerros, y entendía que la independencia no era una proclama firmada en salones porteños, sino una lucha de trinchera, pueblo por pueblo.
En pleno contexto de las revoluciones hispanoamericanas del siglo XIX, Guemes organizó una guerra de resistencia prolongada desde abajo. Su ejército era el pueblo armado y por eso lo despreciaron las élites porteñas: por indisciplinado, por popular y, por ende, por peligroso. La historiografía mitrista lo silenció, durante décadas fue apenas una nota al pie entre los nombres bien perfumados del siglo XIX. Este olvido fue político: Güemes desafiaba el relato de la nación blanca, centralista y civilizada y proponía otra cosa: una patria popular y americana, con raíces federales y alma insurgente.
Murió en 1821, herido por la espalda en el monte, pero no cayó del todo. Su memoria se mantuvo encendida en cada fogón del norte, en sus gauchos infernales que lo acompañaron hasta el último día, en el poncho rojo que cada norteño porta con orgullo. Hoy, cuando se reinstala el discurso que criminaliza la organización popular, cuando se vuelve a señalar al gaucho, al piquetero o al campesino como enemigos internos, su figura se levanta otra vez. Cuando el pueblo lo nombra, el bronce tiembla.
En Colombia, el 9 de abril de 1948 no es una fecha cualquiera. Es la herida abierta que marcó el siglo XX. Ese día asesinaron a Jorge Eliécer Gaitán, pero también lo multiplicaron. Su muerte provocó el Bogotazo, una insurrección espontánea de un pueblo que ya no aguantaba más. Gaitán había logrado algo que las clases dominantes no podían tolerar: construir pueblo con voz propia, con programa, con dignidad.
No venía de abajo del todo, pero eligió pararse del lado de los últimos. Desde su tesis sobre las ideas socialistas hasta su defensa jurídica de las víctimas de la masacre de las bananeras, Gaitán fue una amenaza real al régimen. Su liderazgo no era decorativo: era organizativo, afectivo, radical. El gaitanismo no fue solo un movimiento político, fue un proyecto de país negado, por eso la oligarquía lo eliminó. Y por eso, Colombia es de los pocos países latinoamericanos donde el populismo murió antes de nacer, y la violencia fue su reemplazo.
Como dijo Malik Tahar Chaouch, su asesinato fue la “presencia de una ausencia”: Gaitán no está, pero todo gira en torno a lo que pudo haber sido. Hoy, cuando se criminaliza de nuevo la palabra “pueblo”, cuando se reprime a quienes luchan por la tierra, el agua o la memoria, volver a Gaitán no es mirar atrás: es encender una chispa que sigue latiendo.
Katari, Güemes y Gaitán fueron, cada uno a su modo, formas de insubordinación colectiva. No solo encarnaron proyectos de transformación: desafiaron el corazón del orden que los excluía. Por eso los mataron, los silenciaron o los borraron. Pero ninguno fue vencido del todo, porque su legado no vive en estatuas ni en manuales, sino en la práctica política de los pueblos que siguen luchando.
Hoy, cuando el continente de la Patria Grande se encuentra ante un nuevo ciclo de ofensiva neoliberal —con nombres modernos, pero con las mismas garras—, recordar a estos rebeldes no es nostalgia: es estrategia. No es melancolía ni liturgia vacía, es pedagogía de la resistencia. En tiempos donde se privatiza lo común, se reprime lo colectivo y a quienes alzan la voz, los nombres de Katari, Güemes y Gaitán irrumpen como advertencia y como promesa. No se trata de venerarlos como estatuas inofensivas, sino de encarnar sus gestos, multiplicar sus desafíos, continuar sus apuestas por otra forma de habitar el poder, la tierra y la historia.
Porque el futuro de América Latina no está en repetir sus nombres como eco hueco, sino en volverlos verbo, pueblo, barricada. Está en cada comunidad que se organiza, en cada juventud que desobedece, en cada cuerpo colectivo que se planta frente al extractivismo, al autoritarismo o al hambre. Katari nos enseñó que el cuerpo puede volverse territorio. Güemes, que la patria es el pueblo que se organiza desde abajo y defiende su tierra a poncho y facón en mano. Gaitán, que cuando el pueblo habla con voz propia, los poderosos tiemblan, porque saben que esa voz no pide permiso: interpela, desborda, transforma.
Y quizás algún día podamos decir —sin miedo, sin permiso y sin pedir disculpas— que a los que quisieron desaparecer, volvieron. Y que somos millones. Porque cuando el pueblo se despierta y se levanta, no hay represión, persecución u olvido que alcance para frenarlo.
¿Cómo referenciar?
Almarcha, Ayelén. “Volveremos y seremos millones: insubordinados contra el poder y el olvido” Revista Horizonte Independiente (Columna Cultural ¿Y qué tal sí?). Ed. Nicolás Orozco M., 28 jun. 2025. Web. FECHA DE ACCESO.
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