Vol. VII Colección 1-C3

Hace algún tiempo a una colega del trabajo (no entraré en detalles por obvias razones) se le armó la gorda porque varios —y varias— de sus estudiantes encontraban su manera de hablar muy procaz, y su estilo de dar clase lleno de ejemplos “sexualizantes”. En una reunión pública que se organizó para hablar sobre el caso, las voces de protesta se vieron enfrentadas a otras de respaldo a la docente. Ambas partes daban versiones diferentes e incluso diametralmente opuestas sobre la misma persona y sus actos. Hubo presencia de funcionarios de convivencia de la universidad que insistieron en ofrecer su mediación. Todos estos y otros indicios dan a entender dos cosas: en términos de las normas, la institución no veía méritos claros para iniciar una investigación disciplinaria contra la señalada ni nada parecido; en cuanto a lo moral, el caso era bastante gris.
No es un misterio que casos como estos se están dando en muchas universidades del mundo. Recientemente escuché sobre un profesor en México que fue funado (como ahora se dice) por un comentario genérico en una discusión sobre inteligencia artificial y robots. El académico afirmaba que hoy en día incluso hay “robots prostitutas”. No que hubiera calificado así a nadie en particular, ni que hubiera aprobado ni celebrado el presunto hecho, simplemente se refirió al tema. La funa no podía conducir a ninguna sanción (porque el señalado no había incumplido en realidad ninguna norma), pero sí fue prácticamente silenciado en su entorno laboral. Situaciones como estas, con todo, están presentándose en otros escenarios, incluso en la vida cotidiana.
Hace unos años, alguien en Reddit, camarero en un restaurante de Estados Unidos, explicaba una situación difícil que tuvo con un grupo de clientes, dos parejas de adultos mayores heterosexuales: dos mujeres, dos hombres. El camarero se acercó a la mesa y los recibió con un “hola, ¿cómo están todos?” Uno de los clientes hombres le respondió: “Dime algo, ¿ella se parece a un hombre para ti?”, a lo que el mesero respondió que no, que simplemente su expresión era una manera de dirigirse a un grupo. “Entonces no la llames hombre nunca más”, le responde muy enojado el cliente. Al terminar de comer, se levantaron de la mesa sin dejarle un centavo de propina (por suerte, el otro de los hombres dejó las llaves intencionadamente para poder volver y dejarle 20 dólares de propina por todos (em… ¿todas?); además, se disculpó por la conducta de su par).
Es verdad que ha sido necesaria una renovada y más nítida conciencia respecto de problemas sociales como los sesgos de género, la discriminación de las minorías de todo orden y la violencia estructural detrás de las expectativas que la sociedad impone sobre la conducta de hombres y mujeres. ¿Pero sobre qué tipos de mentalidades está resonando esa conciencia?
Casos como los vistos y muchos otros están generando contrarreacciones: las de quienes dirán que “la gente ahora se ofende por todo”. Claramente nos encontramos en un gran impasse social que necesitamos abordar: hay vidas de personas reales que se ven afectadas. El 1 de febrero de 2017, el entonces reconocido activista neoconservador Milo Yiannopoulos estaba agendado para dar una charla en la Universidad de California, Berkeley, pero antes del evento alrededor de 1500 personas se juntaron para protestar en el campus contra su realización. La protesta se estaba tornando violenta. Para colmo de males, unos 150 agitadores enmascarados entraron al campus para atacar a los manifestantes. Varias personas resultaron heridas.
Casos como estos van más allá de la justificada necesidad de desencubrir, examinar y corregir las diversas violencias basadas en género y sexualidad que nuestras sociedades se han permitido perpetuar. Y esa diferencia no radica tanto en el contenido como en la forma de manifestarse la indignación y el reclamo. A fin de cuentas, incluso aunque parezca lo contrario, la denuncia de la violencia sexual y de género emana de un sentido moral compartido —¿y de qué otra manera, si no?
Imaginemos el caso de un grupo de trabajadoras de una empresa que se organizan para visibilizar las microviolencias de género en la organización. Llaman la atención sobre expresiones cotidianas como “calladita se ve más bonita”, “tras de fea bruta”, entre otras, y las exponen como muestras de violencia verbal. Desvelan que durante una reunión de trabajo los jefes (o incluso los colegas) mandan a las trabajadoras a preparar el café o les hacen mansplaining. Con el paso del tiempo, ¿lograrán convencer a sus pares de los sesgos de género y las microviolencias involucradas? ¿Conseguirán cambios en el ambiente de trabajo?
Imposible dar una respuesta general a estos interrogantes: depende de cada caso. Lo cierto es que una campaña como la de nuestro ejemplo contradice la cultura establecida, así que la tarea no se presenta nada fácil. A fin de revisar los presupuestos de la cultura patriarcal establecida, hará falta apelar a principios morales que en principio todo el mundo aceptaría o debería aceptar. El equipo organizador de la campaña seguramente instará a sus colegas a ponerse en el lugar de las trabajadoras mujeres, apelará a la equidad o la justicia, entre otras cosas.
Entre líneas estamos diciendo que la gestión de una situación como la del ejemplo requiere argumentar desde principios compartidos. Sin embargo, nuestros tiempos parecen ver una progresiva erosión de la argumentación. Para muchas personas es suficiente apelar al sentimiento de ofensa. Si la persona se siente ofendida, es suficiente. La argumentación solamente cumplirá la función de exponer ese sentimiento de ofensa y presentarlo como legítimo. Pero no hace falta esperar a que la contraparte concuerde: si no concuerda, eso será suficiente para incrementar la ofensa. Y nada más que añadir.
Para entendernos, me permito una pequeña digresión sobre mi pasado en el activismo LGBT. A principios de siglo, era un joven estudiante de ingeniería, integrante del grupo de apoyo a la diversidad en la sexualidad de mi universidad en Bogotá. Entre otras cosas, contribuimos a la campaña pública por la legalización de la unión marital de hecho para personas homosexuales (precedente de la lucha por el matrimonio igualitario). En aquellos años teníamos claridad de que íbamos a contrapelo de la mayoría de la sociedad y que debíamos argumentar. Y lo hicimos. Creíamos firmemente en la justicia de nuestra causa, pero no por ello nos sentíamos menos comprometidos con la necesidad de dar argumentos.
Tal parece que algo cambió desde entonces. En muchas universidades del mundo, la presencia de una voz crítica con el activismo trans (por ejemplo) no se controvierte con argumentos: basta exponer públicamente a esa voz como alguien horrible y convertirla en anatema. En una palabra, basta la funa. Notemos, además, que no hace falta ser un Milo Yiannopoulos para estar expuesto, es decir, no hace falta manifestarse diametralmente en contra de las agendas de algunos grupos activistas. Un cierto uso de las palabras, un gesto o un acto que puedan considerarse ofensivos son suficientes. No hace falta detenerse a pensar en la intención, ni escuchar la versión de la persona señalada.
Si no está claro aún por qué esto es grave, pensemos en la naturaleza misma del presunto “derecho a la ofensa” (la autoridad de la ofensa como criterio moral) y sus eventuales consecuencias. ¿Acaso no es ofenderse un acontecimiento marcadamente subjetivo? ¿No depende de muchas circunstancias y particularidades que varían enormemente de una persona a otra? Es razonable temer que esa expansión de la autoridad de la ofensa conduzca a una incontrolable relativización de los estándares morales. Ese desastre tendrá que ser detenido por mor de salvaguardar las necesidades mismas de la sociedad, incapaz de sostenerse sin un ethos compartido. Es una lástima, además, que se olvide el consejo de tantas voces sabias de la humanidad, que aconsejaron cultivar el arte de no ofenderse. Según el Buda enseñaba, la ofensa es un regalo que puedes optar por no recibir.
Sea como sea, ¿no hará falta entender realmente de dónde vino el derecho a ofenderse? Me pregunto si no será un resultado más de la profunda privatización de la vida subjetiva que ha venido con la modernidad: gusto privatizado, religión privatizada, sentido moral privatizado. Alguna persona llegó a ponerse de frente ante la multitud y la autoridad y les contradijo alegando que el Espíritu Santo se le ha revelado directamente, y de ese modo no hay quién le mueva de su determinación, ni siquiera todo el resto de la humanidad. Hallamos varios ejemplos en la historia, pero a lo mejor el que fue paradigmático para el inicio del sentido moral moderno fue Lutero. He aquí el trasfondo y la fuente espiritual de su apelación a la propia consciencia.
Sin embargo, mucha agua ha pasado por debajo del puente desde entonces. La autoridad de Dios se ha erosionado en las sociedades occidentales. Ya no es parámetro de valor compartido por toda la sociedad, sino una opción entre otras. Así, desde Lutero hasta hoy la apelación a la propia consciencia ha perdido la referencia a Dios como último criterio de autoridad. En su lugar se pone nada menos que el individuo mismo. Como resultado, la apelación a la propia consciencia ha derivado en que cualquiera se pueda sentir depositario de la verdad. Basta una buena dosis de autoconfianza y adelante. A lo mejor este, nuestro mundo, se ha convertido grandemente a una suerte de “protestantismo secularizado” que, mal manejado, dejó de inspirar prontamente la libertad del espíritu y empezó más bien a embriagarlo de sutil soberbia.
Pues bien, habrá que abordar esta problemática. Si hay crecientes disensos en la sociedad sobre cómo manejar ciertos asuntos sensibles (como la cuestión trans, el rol de la mujer o la gestión de la inmigración), cuanto más dejemos que se profundicen esas distancias más difíciles será sentarnos a dialogar y negociar, y más difícil será el ejercicio de ponerse en los zapatos de las otras personas. La seriedad de la situación se evidencia en que no solamente estamos hablando de claras batallas ideológicas como aquella entre los opositores y los detractores de Milo Yiannopoulos hacia 2017; también hallamos una importante tensión y consecuencias lamentables en situaciones más grises, como en el caso ilustrado al principio, el del profesor de México o el del camarero. ¿Acaso estos últimos no son casos de choques de sensibilidades? ¿No se podrían, entonces, conciliar a través del diálogo abierto y honesto? Se puede conceder que es difícil, pero no veo motivos contundentes para sostener que sea imposible. Ahora bien, sí será imposible mientras sigamos naturalizando la pura apelación al sentimiento de ofensa como argumento incontrovertible. Lo que este fenómeno evidencia es una fractura en el ethos compartido de la sociedad, fractura que es urgente reparar.
¿Cómo referenciar?
Barbosa Cepeda, Carlos. “El derecho a ofenderse” Revista Horizonte Independiente (Columna Cultural ¿Y qué tal sí?). Ed. Brayan D. Solarte, 29 mar. 2026. Web. FECHA DE ACCESO.
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