Cartagena en disputa: entre la memoria histórica y la postal turística
Columnista RHI
Vol. VII Colección C1-C1

Viajar al Caribe colombiano implica pasar indiscutiblemente por lo que alguna vez fue el puerto más importante de la Sudamérica colonial. Conocer Cartagena de Indias es ingresar a un territorio que respira historia desde todos sus rincones. No se trata solo de la belleza evidente de la ciudad amurallada, sino del tejido profundo de memorias afrodescendientes, mestizas e indígenas que han conformado, durante siglos, la complejidad de esta ciudad-puerto. En esta costa, donde la diversidad se suele presentar como resultado del “encuentro”, es necesario ver el trasfondo; a saber, un ensamblaje forjado en la violencia colonial y en la tenaz creatividad popular que aún sostiene la vida de la región.
Las murallas de Cartagena, orgullosas y restauradas, no fueron pensadas para todos. Nacieron para proteger el oro imperial y delimitar el espacio de las élites que gobernaban desde la altura de sus balcones. Eran la frontera visible entre “los de adentro” y “los de afuera”: adentro, las casas solariegas, los salones criollos, las ceremonias oficiales; afuera, la vida popular, los oficios humildes, las cocinas de humo y las esquinas bullentes. Ese límite atraviesa hasta hoy la ciudad, aunque los turistas crucemos sus puertas sin sentir el peso de siglos de exclusión que cargan sus piedras.
Un monumento a la Torre del Reloj rodeado de imponentes murallas marca la entrada al centro histórico. Allí te reciben vendedores, músicos y las palenqueras con sus vestidos ondeando en colores patrios. “Muchacha, una foto a su voluntad”, dicen, mitad invitación, mitad recurso de supervivencia en una economía que las celebra como símbolo mientras las precariza como trabajadoras. Sus cuerpos, siempre dispuestos, habitan murales, postales, souvenirs, pero su historia va más allá de cualquier fotografía, es una historia de autonomía africana que atraviesa siglos y resiste todavía.
San Basilio de Palenque, nacido en el siglo XVII de la huida de hombres y mujeres esclavizados, fue la primera pólvora de libertad de América. Allí las mujeres no solo cultivaban y criaban sino que organizaban. Sostenían la economía, la lengua, la memoria. Eran estrategas silenciosas de una libertad prohibida. Cuando comenzaron a viajar a Cartagena con frutas y dulces en la cabeza, no lo hacían en clave de folclore sino de emancipación. En una ciudad amurallada que no había sido construida para ellas, caminar y vender era un acto de osadía, una forma de conquistar el espacio negado. Cada pregón era una declaración política: aquí estamos, aquí seguimos.
Durante generaciones, las palenqueras tejieron redes de cuidado, compartieron ganancias, criaron colectivamente, resistieron a los abusos oficiales. Su oficio sobrevivió a la república que las ignoró, al centralismo que las marginó, y al turismo que más tarde intentaría transformarlas en utilería tropical. Hoy, con el auge de las imágenes digitales, su trabajo es fotografiado antes que reconocido. Las campañas oficiales las muestran como si fueran patrimonio vivo, mientras ellas lidian con restricciones, regulaciones y playas privatizadas que las expulsan. Aun así, su andar es continuidad del cimarronaje: una demostración de dignidad que ni la colonia ni el mercado lograron domesticar.
Esa misma historia de libertad disputada y de memoria en movimiento, también se encuentra en los rincones de Getsemaní. Un territorio que no nació como postal sino como frontera: militar, social y racial. Donde hoy se levantan hostales boutique y cafés para visitantes, hubo mataderos, bodegas del arsenal y talleres de artesanos que alimentaban al imperio. Fue el arrabal de la Cartagena colonial, el espacio que las élites miraban con desdén desde sus ventanales, pero que sostenía la vida material de la ciudad. Allí se refugiaban libertos, marineros, migrantes caribeños, mujeres trabajadoras. Casas bajas, humedad y vida, la fórmula del barrio.
Aun bajo el régimen de castas que dividió a la aristocracia del resto del mundo, en Getsemaní nació una forma propia de entender la ciudad. La esquina funcionó como ágora, la calle como foro popular. La mezcla africana, indígena, criolla no fue un eslogan diplomático, sino un modo de sobrevivir. Mucho antes de la llegada masiva del turismo, allí se respiraba una cultura inmaterial hecha de vínculos, afectos, rituales cotidianos, conspiraciones, juegos y músicas que no existen en ninguna otra parte del casco histórico.
Y cuando llegaron los tiempos de la independencia, Getsemaní dejó de ser arrabal para convertirse en bastión. En sus calles se reunieron los Lanceros de Pedro Romero, mulatos artesanos que empujaron la ruptura con la corona. Allí se gestó una de las expresiones más tempranas de ciudadanía popular de la América hispánica. Pero como tantas veces en nuestro continente, quienes defendieron la libertad fueron luego olvidados por los nuevos dueños del poder.
El siglo XX trajo consigo otro tipo de arrinconamiento. La planificación urbana, esa forma moderna de ordenar la desigualdad, clasificó al barrio como “zona deteriorada”, un problema a resolver. Y cuando Cartagena fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1984, lo que había sido arrabal dejó de ser estorbo para transformarse en oportunidad. El valor del suelo subió como espuma. Las casas que albergaban redes familiares se convirtieron en inmuebles codiciados. El mercado público fue desplazado, el barrio fue reordenado y la vida cotidiana empezó a quedar fuera de presupuesto.
La gentrificación llegó sin anunciarse: primero como renovación urbana, luego como interés foráneo, después como presión inmobiliaria que empujó a muchas familias a vender, a replegarse, a exiliarse del que había sido su hogar durante generaciones. Las esquinas de juego se transformaron en corredores gastronómicos; los grafitis de barrio se volvieron escenografía turística; la cotidianidad fue reemplazada por curaduría estética. No por decadencia, sino por la fuerza global del mercado que encontró allí un filón de valor cultural.
Por eso, cuando en las paredes del barrio se lee “Getsemaní resiste a la gentrificación”, no es nostalgia ni pose. Es la continuación de una larga tradición de defensa del territorio. Una resistencia que no es contra el turismo como intercambio humano, puesto que la ciudad siempre fue puerto, siempre fue cruce de mundos, sino contra su versión neoliberal: esa que convierte la memoria en mercancía, la comunidad en marca y la vida barrial en espectáculo. Getsemaní sobrevivió al colonialismo, al abandono republicano, a los estigmas del siglo XX. Hoy enfrenta la amenaza más silenciosa: la de un “mundo posible” diseñado desde afuera, donde la historia se vuelve estética y la gente se vuelve estorbo.
Caminar Cartagena es entender que la ciudad no puede leerse solo a través de sus murallas restauradas ni de sus paisajes turísticos. Su verdadero pulso está en las historias que siguen vivas: en las palenqueras que sostienen con dignidad un oficio heredado, en los vecinos de Getsemaní que se organizan para no ser expulsados, en las memorias afrodescendientes que aún disputan su lugar frente a un modelo económico que privilegia la imagen por encima de la comunidad.
Cartagena es hoy un territorio donde chocan el patrimonio, el mercado y la vida cotidiana. Y en esa tensión se juega no solo el futuro del centro histórico, sino el de quienes han habitado este espacio durante generaciones. Lo que está en discusión no es la llegada de visitantes, sino el tipo de ciudad que se quiere construir: una ciudad pensada para las cámaras o una ciudad que incluya a quienes la hicieron posible. Porque, al final, lo que está en juego no es solo el paisaje urbano, sino el derecho de una comunidad a permanecer. Y la pregunta, más que turística o patrimonial, es profundamente política: ¿quién tiene derecho a la ciudad? Cartagena todavía está escribiendo esa respuesta.
¿Cómo referenciar?
Almarcha, Ayelén. “Cartagena en disputa: entre la memoria histórica y la postal turística” Revista Horizonte Independiente (Columna Cultural ¿Y qué tal sí?). Ed. Brayan D. Solarte, 16 feb. 2026. Web. FECHA DE ACCESO.
Sobre nosotros
Quiénes somos
Horizonte Independiente S.A.S
Columnistas
Números
Otros links
Open Journal Systems
Indexaciones y directorios
Política de privacidad
Publica con nosotros
Copyright
Todas las marcas, los artículos y publicaciones son propiedad de Revista Horizonte Independiente y de HORIZONTE INDEPENDIENTE S.A.S
Se prohíbe la reproducción total o parcial de cualquiera de los contenidos que aquí aparezca, así como su traducción a cualquier idioma sin autorización escrita por su titular.
Contáctanos
horizonte.independiente@gmail.com o articulosrhi@gmail.com
Copyright © 2025 Revista Horizonte Independiente. All Rights Reserved.
