Vol. VI Colección C1-C13

Acababan de pasar las fiestas decembrinas y la esperanza de un buen año se alzaba con esa contundencia que solo conocen quienes aún confían en la promesa del porvenir. Había en mí una claridad serena, una confianza casi ingenua de que todo marcharía como debía. No había mejor manera de comenzar un nuevo ciclo que dejándose habitar por el optimismo, esa forma particular de mirar el tiempo con los ojos aún sin decepcionar. Fue entonces cuando, en los primeros días de enero, la fortuna se dignó a presentarse. Había ganado una rifa organizada por un viejo amigo, y el premio, modesto pero inesperado, fue una suma de dinero que guardé con cautela, sin prisa ni designio inmediato, como quien guarda una semilla sin saber aún el suelo.
Pasó otra semana y emprendí un viaje breve a una casa campestre a las afueras de Bogotá. El propósito era sencillo y justo: descansar, templar el cuerpo y el ánimo para los desafíos de un año que apenas despuntaba. En medio del silencio del campo, rodeado por una naturaleza que no urgía, encontré un respiro, de esos que devuelven a uno al ritmo más pausado de los días. Mas incluso en ese retiro, los ecos del siglo XXI me alcanzaron y, una tarde, al revisar distraídamente una red social, comenzaron a aparecer publicaciones de libros usados a buen precio. Eran títulos cercanos a mis intereses, y no era la primera vez que compraba por ese medio, con resultados hasta entonces afortunados.
Una publicación, sin embargo, me llamó particularmente la atención. Provenía de una página que tomaba por nombre el de la Librería Marcel Proust, como si el vendedor quisiera suscitar desde el inicio una atmósfera de refinamiento y memoria. Ofrecía un libro de mi autor favorito a un precio significativamente menor que el habitual. Escribí de inmediato y, tras una breve conversación, compré el libro. Poco después, el mismo vendedor me mostró que poseía otros títulos del mismo autor. El deseo, que muchas veces se adelanta al juicio, me impulsó a imaginar la biblioteca completa, allí, a mi alcance, sin esperas ni prolongadas búsquedas. Fue una tentación que no pude, ni quise, resistir. Con el entusiasmo propio del coleccionista y la inocencia de quien aún se asombra, usé el dinero ganado para adquirir al menos diez libros más.
Durante los días siguientes, el tiempo tomó un camino especial, ya no era simplemente espera, sino expectativa. No se trataba de un cálculo, sino de una estructura de posibilidades abiertas hacia lo que podría llegar. La mente comenzaba a organizarse en torno a una realidad aún ausente pero vislumbrada. Imaginaba el tacto de las cubiertas, el olor tenue de las hojas, la presencia callada que solo los libros verdaderamente deseados saben irradiar. Pensaba también en el orden en que los leería, en qué rincón de mi biblioteca los ubicaría. Era una dicha hecha de anticipación, hecha de futuro. Una de esas formas quietas de la alegría.
Finalmente, la notificación llegó, una caja esperaba en portería. La subí y abrí el paquete con una mezcla de ansiedad y regocijo. Pero lo que encontré no tenía relación alguna con mi compra. Ningún libro era del autor que había comprado. Había volúmenes de cocina, obras literarias dispersas, manuales varios. Una caja llena de palabras ajenas a lo que había buscado. La sensación de profunda decepción estaba presente con una fuerza de imposición casi absorbente.
Intenté contactar al vendedor, pero su cuenta había desaparecido, como si el mundo virtual se tragara no solo las estafas, sino también las huellas. El nombre de Proust, que antes evocaba finura y hondura, ahora me sabe a mueca y a burla. Hice la denuncia correspondiente, pero más por gesto que por esperanza. No esperaba que de allí saliera nada; sin embargo, quise al menos dejar constancia de que algo había fallado, que alguien había traicionado esa confianza mínima que aún depositamos al comprar un libro.
En días posteriores, me sorprendió ver que la frustración había dado paso a una forma más serena de comprensión. Porque si el acto de buscar libros es también una forma de búsqueda de sentido, entonces incluso el fracaso de esa búsqueda puede enseñar algo sobre el deseo mismo. El deseo no es la pura carencia de un objeto, sino la configuración activa de una posibilidad que nos constituye. Y cuando esa posibilidad se ve truncada, lo que se experimenta no es solo pérdida, sino una alteración del modo mismo en que uno está en el mundo. Eso me sucedió.
Pensé en desechar los libros, pero hacerlo habría sido negar que ellos, aunque no fueran los que esperaba, también eran valiosos pese a mis gustos como lector. Tirarlos suponía conceder que su única validez residía en el cumplimiento de una intención previa. Y aunque en otro momento lo habría hecho sin reparo, esta vez lo dudé. Pensé entonces en donarlos. Había, quizá, alguien que sí los deseara, alguien para quien esos títulos sí significaran algo más profundo de lo que podrían ser para mi. Pero mientras decidía su destino, sucedió algo inesperado, los abrí —no por interés, ni por impulso, sino por una especie de alivianar la sensación de decepción y tratar de rescatar un poco de la lectura perdida; una especie de acto humilde de restitución.
Y así comencé a leerlos, con lentitud y con cautela, pero también con una forma nueva de atención. Como si buscara en ellos no el saber que ansiaba, sino el que me había sido ofrecido. No buscaba consuelo, sino un modo de seguir en movimiento. Leer, en ese momento, no era una actividad, sino una forma de resistir. De permanecer en contacto con el mundo a través de aquello que no era elegido, pero sí lo que recibí.
Porque si algo queda, cuando el mundo falla en sus promesas, cuando el deseo no se consuma, cuando la intención se ve frustrada, es esto: leer. Leer no como redención, sino como apertura. Leer para no disolverse. Leer como forma de responder, sin perderse, a lo que viene. Porque leer —como amar o como pensar— no siempre es un acto de control: es, muchas veces, un acto de espera. Y en esa espera, lo único que queda es leer.
¿Cómo referenciar?
Orozco M., Nicolás. “Lo único que queda es leer” Revista Horizonte Independiente (Columna Literaria). Ed. Brayan D. Solarte, 09 ago. 2025. Web. FECHA DE ACCESO.
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