Vol. VI Colección C1-C9

Hay épocas en las que el silencio no responde al olvido, sino al cansancio. Una forma de agotamiento que no se manifiesta con estruendo, sino con pequeñas fisuras: ideas que no terminan de cuajar, frases que se disuelven antes de nacer, textos que se abandonan sin haber sido siquiera escritos. En un tiempo que premia la expresión constante y el relato de superación, la ausencia de palabras se vuelve sospechosa. Como si no hablar fuese una falta. Como si no estar bien fuese un error.
Se insiste en la resiliencia como virtud. Se ha convertido en consigna, en mandato ético, en herramienta de gestión emocional. No basta con atravesar el dolor; hay que aprender de él, crecer, encontrarle sentido. No basta con sobrevivir; hay que justificar la experiencia. Y si no se logra, algo se está haciendo mal.
Pero hay dolores que no enseñan. Hay silencios que no curan. Hay momentos en los que la expectativa de mejora es una violencia sutil, una presión encubierta que obliga a traducir todo malestar en una narrativa. Se ha vuelto inadmisible no tener respuestas. Se espera de cada crisis una tesis, de cada herida, una lección.
La positividad se ha vuelto imperativo. La tristeza, déficit. El cansancio, síntoma de falta de voluntad. Se patologiza el desaliento, se criminaliza la pausa, se sospecha de quienes no rinden. Incluso el descanso debe ser útil. Incluso el dolor debe tener un propósito. Nada escapa al ojo del rendimiento. El discurso del bienestar no siempre cuida, a veces controla. Exige, vigila, selecciona; sin reconocer que hay tiempos opacos, grises, inasibles. Y que esos tiempos también merecen lugar. No como espacios de tránsito hacia algo mejor, sino como estados legítimos, completos; que son válidos, aunque no se entiendan.
Aceptar que no todo tiene que explicarse. Que no toda angustia es preludio de claridad. Que no toda inestabilidad anuncia transformación. A veces simplemente ocurre, ya que la vida no se ajusta a los ritmos de la exigencia y el progreso; no todo es superación. Hay fragmentos rotos que no encajan, pero que no dejan de ser parte de uno mismo.
Nombrar esto no es hacer apología del sufrimiento. Es hacer espacio para lo humano. Es resistir la lógica que exige sentido, que calcula, que contabiliza emociones como si fueran métricas de desempeño. Es recuperar el derecho a estar mal sin tener que justificarlo; sin tener que volverlo historia de éxito.
Es poder decir no estoy bien sin culpas y sin esperar nada por ello; quizá un abrazo.
¿Cómo referenciar?
Cerna, Daniel. “Nuestros fragmentos rotos, o sobre el derecho a no estar bien” Revista Horizonte Independiente (Columna Cultural ¿Y qué tal sí?). Ed. Nicolás Orozco M., 22 jun. 2025. Web. FECHA DE ACCESO.
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